En lo profundo del tiempo sin nombre,
baila una madre vestida de noche,
la que pare soles y traga estrellas,
la que gime y canta desde el centro del ombligo del mundo.

Coatlicue, madre terrible y sagrada,
tu falda de serpientes susurra secretos
que sólo el viento y los sabios entienden.
Tus pechos nutren la vida,
tus garras rasgan lo que ya no debe ser.

Tierra viva, matriz de obsidiana,
caminas con cráneos en las manos
y flores en los huesos.
Eres temida y adorada,
porque en tu vientre se esconde la muerte…
y también el renacer.

Tus hijos son el maíz, el jaguar, el trueno.
Tus lágrimas riega la tierra,
y de ellas brotan los cantos de los abuelos.
Tú no acaricias: tú despiertas.
Tú no consuelas: tú transformas.

Oh Coatlicue, devoradora de lo viejo,
madre de Huitzilopochtli,
semilla de guerra, canto del colibrí,
te invoco con respeto,
para morir en tu abrazo y volver a nacer.

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