El ego no es nuestro enemigo, aunque a menudo lo parezca.
Es una estructura necesaria, un puente que nos permite movernos en el mundo material, reconocernos como individuos y experimentar la vida a través de una identidad.
El problema surge cuando olvidamos que el ego no somos nosotros, sino una máscara temporal que el espíritu utiliza para aprender.
Cuando nos identificamos completamente con esa máscara —con el “yo”, mis ideas, mi historia, mis heridas— entramos en el juego de la dualidad:
luz y sombra, éxito y fracaso, amor y miedo, ganar y perder.
El ego vive de la comparación, del juicio y de la separación.
Su función es mantener la ilusión de que estamos “solos”, de que hay un “yo” y un “otro”, un “correcto” y un “incorrecto”.
Pero en la profundidad de la conciencia, esas fronteras se disuelven.
Las medicinas ancestrales, la meditación y los procesos de introspección profunda nos muestran ese momento en el que el ego se apaga,
cuando la mente se rinde y solo queda el ser.
En ese instante no hay “yo” que observe ni “otro” que sea observado: solo conciencia, respirando en su propia eternidad.
Sin embargo, negar el ego también sería una forma de ego.
No se trata de destruirlo, sino de integrarlo, de reconocer su función dentro del camino.
El ego es el guardián del umbral, el espejo que nos muestra lo que aún creemos ser, para que podamos recordar lo que realmente somos.
✨ El ego es parte del sueño, pero también parte del despertar.
Porque sin sombra, no podríamos reconocer la luz.
